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January 6, 2006
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Volume 34
Issue 01
 
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Saturday, Nov 21, 2009

 

 



ENTRE LATIN@S By Florentino M. Lopez
San Francisco y San Nicolás
Esta crónica fue escrita por Carlos Gómez Montoya, agradecemos su colaboración.

Era un jueves 22 de diciembre, la tarde se me veía larga y más aun el fin de semana venidero pues me esperaban 4 largos y tediosos días de navidad. Mi familia se encontraba en otro país y mi pareja y yo no teníamos muchos planes para celebrar la navidad próxima a llegar. De pronto una idea casi loca y desbaratada se me anidó en la cabeza, "vámonos para San Francisco"; ¡estás loco! Dijo mi novio, si tú le tienes pavor a California. La verdad es que desde que llegué a este país le he tenido cierto recelo a California, capital gay, epicentro de grandes terremotos, sida, maleantes que te esperan en cada esquina dispuestos a desollarte vivo. Pues y qué tiene, le dije yo, muchas personas van allá y la pasan rico y de quedarme acá en Seattle haciendo nada prefiero irme a conocer nuevos puertos. Decidido! Rentamos una camioneta y en compañía de un amigo nos enfilamos rumbo a San Francisco. Ya teníamos todo listo, incluso el hospedaje. Fueron casi 12 horas de viaje sin parar pues nos turnamos entre los 3 para manejar. La verdad que aunque ansioso y todo me mostré un poco escéptico al asunto de conocer San Francisco y la verdad que no me impresionó mucho al principio.

Cuando estábamos en la autopista y a lo lejos se divisaba la parte sur de la ciudad, un montón de casas arquitecturalmente idénticas donde lo único que cambiaba eran las personas que en cada casa vivían, pensé que Seattle desde la autopista es bellísimo. Dije para mis adentros que había sido una mala idea el viaje y que mi espalda hubiese preferido haberse quedado en casa en compañía de unas buenas películas y una confortable almohada. Ya no había nada que hacer, mi novio y yo nos dirigíamos a San Francisco, y mientras él me contaba las historias que hace anos atrás había tenido en estas "mágica" ciudad yo me hacia a la idea de que las cosas no eran como pintaban. Manejamos a través de aquella mole de cemento y para nada se me encontraba apetecedora, tal vez por que coincidíamos con la navidad y muchos no se encontraban en la ciudad sino visitando a sus familias. Decidimos ir al famoso puerto de San Francisco, y para mi sorpresa casi no encontramos donde estacionar la camioneta. No había por donde caminar, gritos por acá, risas por allá, el payaso en la esquina, las jotas bellas del otro lada agarradas de la mano, la señora con su hija, el señor con el marido y su bebe, etc,etc. Era increíble, un ambiente de mar lleno de colores y sabores diferentes a este mar de Seattle tan frío y gris. Me dispuse a cambiar de actitud y disfrutar de este nuevo paisaje que se presentaba frente a mis ojos. Caminamos por horas, tomamos cerveza, nos tomamos fotos en casi cada esquina y lugar importante, y aun si no era importante algunos ositos me dejaron sentar en sus piernas para retratarme con ellos, al fin y al cabo nos encontrábamos en la meca gay del mundo.

Cayó la noche y nos dispusimos a descubrir el sector LGBTQ por fuerza (de la naturaleza o del destino) Castro District, no lo podía creer. Las parejas más bellas e insólitas completamente abiertas al público; en el café, en el restaurante, en la tienda de música, en fin. Allí estaban ellos haciendo uso de aquel espacio maravilloso que les había sido dado por la vida, bajo la bendición de aquella gigantesca bandera LGBTQ que ondeaba sin parar llena de orgullo y paz. Coincidimos con un concierto del San Francisco Gay Man Chorus que fue fabuloso no solo por su creatividad sino por la acogida. A diferencia del de Seattle que se caracterizó por la gran cantidad de personas "gay friendly", éste estaba lleno por toda la sociedad LGBTQ de San Francisco orgullosamente allí en plena pasarela pública y social. Me sentí como camarón en mi salsa y dije qué maravilla y qué orgullo. Fue una locura total ver aquel coro maravilloso con las voces de diferentes edades y colores. Si así nos uniéramos para pelear por nuestros derechos, estaríamos en la gloria.

Salimos maravillados y regocijados de este concierto y decidimos seguir con nuestro recorrido y dijimos que una noche era poco para quedarse en un solo bar así que decidimos hacer algo maravilloso. Entrar en cada bar y tomarnos una cerveza y salir hacia el siguiente. Listo, así lo hicimos y conocimos todos los bares del sector castro. Después de la tercera cerveza, se requería una visita obligada en cada baño. Me sorprendió que no solo estuvieran llenos de espejos sino que los mensajes de cuidado y salud eran abrumadores. En todos ellos se reflejaba la libertad del placer y la lujuria de la mano de la seguridad. Contrario a lo que me imaginaba el énfasis en el cuidado personal y de los demás estaba a pedir de boca. Decidí seguir recorriendo la ciudad y mis pasos, sin quererlo, nos llevaron a las afueras de un Sauna privado. Decidimos entrar y disfrutar de aquellos placeres pasajeros que solo unas vacaciones locas como estas traen. "Firme este contrato y podrán entrar" nos dijo el recepcionista. Nos pareció un poco chistoso pero el recepcionista hablaba en serio. Así que nos toco leer cada cláusula del contrato antes de entrar. Regla número uno, no sexo sin protección. Regla número dos no intercambio de semen en la boca o el ano, y así sucesivamente. Estábamos tan sorprendidos de la seriedad de la salud que le preguntamos al recepcionista el por qué de estas reglas. Nos explicó que en San Francisco se tomaban muy en serio el tema de la salud y que la gente en realidad estaba, por disposición oficial, obligada a tomar ciertas normas básicas de cuidado. Después de esto y sin pensarlo entramos al sauna y allí estaban los hombres más bellos que una noche como esta de navidad podría entregar. Parecían haber salido de una lista de regalos y que San Nicolás se había esmerado en ciertos detalles. El sexo oral estaba permitido y cuando uno de estos jóvenes bellísimos estaba a punto de venirse en la boca de alguien, gritó en tono casi de éxtasis "I'm comming" y sacó su verga hermosa y terminó fuera. Seguimos allí y vimos a una pareja de señores mayores en pleno apogeo cuando de repente uno de ellos grito "quítateme de encima" y empujó a su compañero. Uno de los vigilantes que allí se encontraban llegó de inmediato. Resulta que este hombre de cabello oscuro y con un gran atractivo estaba cogiendo sin condón. Para muchos esto hubiese sido una bendición pero no para la otra persona que no quería ponerse en riesgo. Disfrutamos de una gran noche. Al día siguiente le pregunté al recepcionista sobre el incidente de la noche anterior y me dijo que habían retirado al hombre de cabello oscuro y que habían puesto su información en la puerta para no dejarlo entrar más. Salí de este lugar con una clara imagen de lo diferente que es la vida sexual en Seattle y de cómo la gente en San Francisco había aprendido a cuidarse.

Esta misma noche siguiendo nuestro recorrido decidimos adentrarnos a sectores más oscuros y salvajes como el Tenderloin Distrito y The Fulson Street. Pasamos por cuanto bar y sauna se abría a nuestro paso y aunque algunas personas allí no respetaban las normas del sauna de la noche anterior, era de notarse que primaba la seguridad y la prevención. Condones en casi cada centímetro cuadrado y nada de drogas o poppers Afortunadamente me llevé una buena impresión de lo que antes pensaba de San Francisco.

Me enamoré de esta ciudad, de su gente, de su vida y de la rumba. Allí sí se rumbea como debe ser, sin imposiciones de gente pesada que se las da nada mas de bellas e inalcanzables, allí todos se mezclaban con todos y la gente saludaba y bailaba contigo, que no se iban a la cama contigo, ya ese era otro cuento. Pero el sentido de alegría rumba y fiesta estaba allí y todos lo transpiraban a pecho abierto, y déjenme decirles ¡Que pechos!

Prometí volver a San Francisco para mis próximas vacaciones y espero que las cosas sean aun mejores pues será verano y la locura estará descamisada. Y no olviden que lo más importante es su amigo el condón.
 

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